
Casi siempre, afrontar la realidad tras una noche de consumo es algo más complicado de lo que se pensaba ya que no llega el descanso que uno esperaba al despedirse. Cuando la euforia y la diversión acaban, aparecen sensaciones difíciles de explicar y lidiar: ansiedad, tristeza, irritabilidad, culpa o un gran vacío que parece ocuparlo todo. Puede incluso resultar complicado levantarse de la cama, responder a una llamada de un ser querido o enfrentarse a responsabilidades cotidianas como hacer la comida o mantener la casa limpia y ordenada.
Para algunas personas este túnel es una experiencia repetida. Mientras están consumiendo se encuentran aliviados y desconectados de su día a día pero cuando los efectos desaparecen se encuentran con emociones que no saben cómo manejar. En este punto es donde muchos consideran que volver a consumir es la única manera de volver a sentirse eufóricos y aliviados.
Este bajón emocional que desencadena el círculo del consumo puede acabar convirtiéndose en un patrón de adicción. Comprender cómo funciona permite ver más allá de qué hemos consumido o cuánta cantidad hemos consumido y prestar atención a lo más importante: qué estoy viviendo y qué función cumple el consumo en mi vida.
Cuando termina el consumo y comienza el bajón emocional
Tras una noche de consumo, el día después puede convertirse en un momento especialmente complicado. La persona, que durante unas horas se ha encontrado desinhibida, eufórica y capaz de desconectar de sus problemas se ve arrastrada por un estado emocional completamente diferente y no siempre entiende por qué se siente así ni cuánto tiempo durará esa sensación.
El bajón emocional no es una experiencia similar para todo el mundo sino que cada persona tiene una vivencia de este momento en función de los efectos que le provoque la sustancia, la falta de sueño, las circunstancias de la noche o las propias dificultades emocionales que cada persona soporta.
Ansiedad, irritabilidad y tristeza: poniendo nombre a lo que ocurre
Una de las consecuencias más habituales suele ser la dificultad para poder recuperar la calma. La persona, tras un consumo, puede sentirse inquieta, nerviosa o incapaz de concentrarse para hacer actividades sencillas como responder un mensaje o salir de casa.
La aparición de ansiedad puede venir acompañada de irritabilidad de modo que cualquier comentario, petición o contratiempo terminan generando reacciones desproporcionadas hasta el punto de saber que se está sobre-reaccionando y no poder evitarlo.
En este proceso también pueden aparecer tristeza, apatía, pérdida de interés por actividades lúdicas que normalmente resultaban placenteras y una sensación de desconexión que aleja a la persona de todo a pesar de estar físicamente presente.
El “día de después” se convierte en algo vacío, lento y carente de sentido y es importante no interpretar este día como una depresión pero sí es necesario, cuando el malestar es intenso e interfiere con la vida cotidiana, realizar una valoración profesional.
Culpa, pensamientos obsesivos y ganas de aislarse
Este malestar emocional puede incrementarse cuando la persona repasa lo ocurrido la noche anterior. Recordar una discusión, una decisión, un gasto que no debía hacerse o una promesa incumplida una vez más. Aunque no es necesario que se recuerden estas situaciones para que aparezca la sensación de haber hecho algo mal.
La culpa puede dar paso a pensamientos repetitivos:
- ¿Por qué volví a hacerlo?
- ¿Qué habrán pensado de mí?
- Otra vez he decepcionado a alguien.
- No voy a ser capaz de cambiar.
- No quiero volver a pasar por esto.
Este tipo de preguntas y pensamientos pueden ocupar gran parte del día de después dificultando el descanso y la concentración. Cuando estos pensamientos se combinan con vergüenza puede llegar el aislamiento en forma de no hablar con nadie, cancelar planes o evitar a amigos y familiares.
Este aislamiento podrá resultar efectivo y aliviar momentáneamente ya que reduce la exposición a preguntas y situaciones incómodas pero también incrementa la soledad y deja a la persona más expuesta aún a sus propios pensamientos obsesivos de culpa.
Cuando aparece la culpa es importante tener en cuenta que por sí sola no resuelve una adicción ya que cuando es hacia uno mismo dificulta más aún el proceso de búsqueda de ayuda.
Del alivio al vacío: cómo se construye el círculo del consumo
Para entender los motivos por los que una persona vuelve a consumir tras vivir el momento de bajón hay que mirar más allá de la noche concreta de consumo. En la mayor parte de los casos, el consumo no es una forma de ocio sino una forma de afrontar emociones y escapar de las preocupaciones.
Este proceso se va consolidando con el tiempo ya que la persona aprende que consumir ayuda a cambiar el estado de ánimo a corto plazo convirtiendo el consumo en solución habitual. Cuando este patrón se perpetúa en el tiempo pueden aparecer nuevas dificultades.
Consumo, alivio y euforia: cuando consumir parece la solución
El consumo puede darse como forma de diversión, de experimentar placer o compartir una experiencia con otras personas. Pero por normal general el consumo suele llevar detrás sentimientos de inseguridad, tristeza, aburrimiento o soledad.
En este contexto, consumir se convierte en un patrón de regulación emocional que puede parecer que ayuda a:
- Desconectar de los problemas y dejar de pensar.
- Sentirse más segura o desinhibida.
- Reducir la tristeza, la frustración o la soledad.
- Encontrar energía.
- Evitar emociones que resultan difíciles de afrontar.
Esto es altamente importante para comprender por qué el conocer las consecuencias negativas no siempre es suficiente para dejar de consumir.
El bajón, la necesidad de escapar y la vuelta al consumo
Con el tiempo nuestro cerebro aprende que a través del consumo, los problemas y los sentimientos difíciles de afrontar desaparecen y entramos en un bucle de consumo:
Consumo → alivio / euforia → bajón emocional → malestar → deseo de consumir
El consumo genera una respuesta inmediata en forma de alivio que refuerza la conducta en sí misma. Tras el consumo, aparecen los sentimientos negativos como son la tristeza, la ansiedad, el vacío o la culpa. Al no saber lidiar con ellos comienza un malestar que provoca que lleva a esa respuesta inmediata creada al inicio del proceso, llevando a la persona a realizar un nuevo consumo.
Pero no todas las personas siguen este círculo de la misma manera ya que no todos los bajones tienen la misma causa ni todas las personas experimentan el malestar del mismo modo. De hecho, no todas las personas que viven el malestar, desarrollan una adicción.
Sin embargo, cuando el patrón se repite, existe pérdida de control o el consumo se convierte en la única manera de gestionar las emociones, es importante valorar qué está ocurriendo con un profesional.
Para romper este círculo no basta con decirse a uno mismo que la próxima vez será diferente sino que es necesario entender cuáles son los desencadenantes y trabajar sobre las emociones a través de la creación de recursos que nos ayuden a afrontar el malestar sin recurrir al consumo.
Centro Elphis: comprendiendo el bajón emocional y rompiendo el círculo de consumo
No hace falta esperar a que las consecuencias del consumo se agraven para empezar a pedir ayuda.
Si el día después se está convirtiendo en una experiencia habitual que genera sufrimiento y el consumo parece la única forma de escapa, una primera charla de valoración puede ayudar a comprender y puede ser el primer paso para cambiarlo.
No es necesario que tengas todo asentado y bien pensado. La simple idea de que hay algo que no funciona, ya sirve para comenzar una charla.





