
Cuando hablamos de soledad no nos referimos exclusivamente a estar físicamente solos. De hecho, cuando unimos soledad y adicciones, normalmente hablamos de la situación emocional de personas que, aún teniendo pareja, amigos, familia, compañeros de trabajo y una vida social aparentemente activa, se sienten profundamente desconectados de todos ellos.
Esta soledad emocional es la que lleva a muchas personas a comenzar a consumir sustancias o a llevar determinadas conductas que acaban convirtiéndose en la única vía de escape para aliviar, al menos de manera temporal, la sensación de vacío con la que viven. Así, muchas personas terminan bebiendo para sentirse desinhibidas, consumiendo cocaína para relacionarse mejor, buscar encuentros sexuales para sentirse deseados o permanecer conectado a las redes sociales de manera ininterrumpida para satisfacer una necesidad de compañía y aceptación.
Y como en toda adicción, el problema aparece cuando convierten la práctica en necesidad.
Cuando la soledad emocional necesita una vía de escape
La soledad emocional suele ser muy complicada de identificar ya que no suele verse desde fuera y, en muchos casos, ni siquiera el propio afectado sabe poner palabras para describir lo que siente. Este sentimiento no depende del número de personas que nos rodean sino en cómo vivimos esas conexiones interpersonales y qué experimentamos con ellas.
Cuando esta necesidad de vincularnos permanece de manera permanente insatisfecha, algunas personas tienden a buscar formas de reducir el malestar de manera inmediata.
Por qué si estoy acompañado, me siento solo
Es más frecuente de lo que parece: personas que pasan el día acompañadas, en el trabajo, en familia, con amigos, compartiendo conversaciones, comidas y planes, y que aun así viven con una sensación persistente de soledad. Como si, a pesar de tanta presencia, nadie llegara a conocerlas de verdad.
Y es que la soledad emocional no depende de cuánta gente haya a nuestro alrededor, sino de la calidad del vínculo: de poder sentirnos vistos, comprendidos y aceptados tal y como somos.
Quienes la experimentan suelen tener dificultades para mostrarse vulnerables. Se relacionan desde el miedo al rechazo o desde la inseguridad, muchas veces como consecuencia de experiencias pasadas de abandono o de no haber encajado. Para protegerse, aprenden a mantener una distancia emocional: participan, acompañan, sonríen, pero no se muestran del todo.
El problema es que esa protección tiene un coste. Al no saber cómo manejar estos pensamientos y emociones, las relaciones se quedan en la superficie y no llegan a convertirse en conexiones auténticas. Y esa falta de conexión genuina es, con frecuencia, un terreno abonado para que la persona busque alivio en otro lugar, y en algunos casos, ese alivio se construye alrededor del consumo.
Reconocerlo es el primer paso. Con acompañamiento profesional, es posible trabajar el miedo a mostrarse, sanar las heridas relacionales y aprender a construir vínculos más seguros y profundos.
Cuando consumir ayuda a sentirse acompañado
Como decimos, en estas circunstancias muchas personas terminan por utilizar determinadas sustancias o conductas a las que dan un significado que va más allá del placer que proporcionan. Se convierten en herramientas que utilizan para poder relacionarse o incluso, modificar los sentimientos que determinada relación desencadena.
Así, una persona podrá consumir alcohol porque le ayude a hablar o relacionarse, otra asociará el consumo de cocaína con determinada forma de ocio nocturno y energía y otra podrá fumar cannabis ya que puede ser la vía de aceptación dentro de un grupo social durante la adolescencia.
Del mismo modo, el sexo se puede utilizar como forma de buscar una conexión física e íntima así como sentirse deseado por otra persona y las redes sociales en los adolescentes ayudar en la percepción de pertenencia a través de los mensajes, las interacciones o el incremento de seguidores aunque todo ello no se traduzca en un vínculo emocional.
Ninguna de estas conductas es problemática en sí misma sino que, como hemos dicho en otras ocasiones, lo importante es la función que cumplen cada una de ellas en cada persona.
La dificultad de “estar solo”
Este tipo de relaciones suelen desencadenarse no por la necesidad de buscar el contacto con otras personas para compartir algo con ellas sino porque el silencio, la ausencia de planes o la falta de estímulos dejan espacio a emociones y pensamientos que resultan difíciles de manejar. A veces imposibles de manejar. En estos casos, el problema no es la soledad en sí, sino a lo que la soledad da paso al no tener ninguna distracción externa.
El miedo al silencio y a quedarse a solas con uno mismo
Existen momentos en los que la sensación de soledad se hace más que evidente. Llegar a casa después de una noche de fiesta, tener un fin de semana sin planes mientras escuchas el bullicio en la calle o la ausencia de respuesta a un mensaje enviado son momentos en los que el silencio se hace presente.
En este contexto comienza a aparecer la impresión personal de que “falta algo” en forma de aburrimiento, ansiedad, tristeza o pensamientos repetitivos. Y, cuando esto ocurre de manera frecuente, comienzan a desatarse prácticas que provoquen estímulos que acallen esa impresión personal. Utilizar aplicaciones, beber o jugar online se convierten para algunas personas en la mejor forma de transitar ese camino.
Cuando aprendemos que la única forma que tenemos para poner a un lado los pensamientos negativos es, solaparlos en lugar de vivirlos y lidiar con ellos, nos encontramos con la respuesta a la pregunta que hacíamos previamente: ¿qué función cumple estas conductas? Y lo que es más útil: ¿puedo lidiar con este sentimiento sin poner en práctica dicha conducta?
Cuando la respuesta a esta última pregunta es “no”, es el momento de explorar más a fondo.
Por qué mis conexiones no me llenan
Vivimos en un mundo en el que es muy sencillo estar conectado con otras personas. Sin embargo, estar conectado y sentirse conectado no siempre van de la mano ya que una persona puede recibir decenas de mensajes pero sentir que no tiene a nadie con quien hablar.
Es importante en esta dialéctica entender que la diferencia entre tener contacto con alguien y sentirse conectado radica en la intimidad emocional del segundo ya que cuando una persona se siente conectada es capaz de mostrarse vulnerable, sentirse escuchado, confiar y saber que el vínculo no depende de una actividad determinada.
Construir una relación diferente con uno mismo
Trabajar la soledad emocional consiste no en aprender a vivir aislado. Eso es imposible como seres sociales que somos. Sino en saber qué buscamos cuando nos relacionamos con alguien. Esto es clave para poder entender la conducta adictiva y ponerle freno.
Aprender a diferenciar entre compañía, conexión y necesidad
No es lo mismo querer compartir tiempo con alguien que necesitar a alguien para poder dejar de sentirnos mal así como tampoco es lo mismo querer disfrutar de una experiencia con alguien que sentir que sin esa experiencia, es imposible disfrutar de algo.
Al ser matices complejos de observar en el mundo tan instantáneo en el que vivimos es importante aprender a observar los patrones que desencadenan las conductas
- ¿Qué siento cuando no tengo un plan?
- ¿Puedo disfrutar de un encuentro sin consumir?
- ¿Con quién puedo mostrarme vulnerable?
- ¿Deseo este encuentro que estoy viviendo o solo necesito sentirme acompañado?
Dar respuesta a estas preguntas y patrones ayuda a diferenciar lo que realmente necesitamos de la estrategia que hemos aprendido a poner en práctica para conseguir lo que necesitamos.
La conexión no siempre está en otra persona
La construcción de vínculos más satisfactorios implica no solo aprender a conectar con otras personas sino también aprender a relacionarse con uno mismo desde un lugar diferente.
Este lugar es aquel que nos permite:
- Reconocer emociones sin silenciarlas
- Identificar nuestras propias necesidades
- Tolerar la soledad
- Entender qué buscamos cuando queremos consumir
Al mismo tiempo, aprender a conectar con uno mismo desde este lugar permite establecer límites tanto hacia afuera como hacia uno mismo.
En este proceso no se busca transformar la soledad en algo agradable sino soportable y transitable. La soledad seguirá apareciendo y, en ocasiones, seguirá doliendo por lo que buscar compañía continuará siendo algo humano.
Lo importante es saber verla y poder elegir la respuesta que damos.
Cuando sentirse solo deja de ser algo a evitar
Cuando convertimos una conducta adictiva en la única forma de solucionar la soledad es importante mirar más allá de la propia conducta que ponemos en práctica.
En Centro Elphis trabajamos con cada usuario de modo que el proceso terapéutico sirva para comprender los factores emocionales y relacionales que hay anclados a la conducta adictiva. ¿Hablamos?





